De lo estático y lo dinámico

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Uno de los primeros conceptos que un aficionado debe descifrar para entrar en el club de los que “saben de fútbol” es el llamado sistema de juego. Quién entiende lo que es un 1-4-4-2, en línea o en rombo, un 1-4-3-3, un 1-4-1-4-1, y todos los demás, ya cree descifrar gran parte del misterio. Asignamos virtudes a un determinado sistema y lo hacemos más o menos ofensivo/defensivo en función de su dibujo. Nos quedamos en lo espacial. Nos quedamos en lo estático. Me explicaré.

El sistema de juego hace referencia a la distribución racional de los 11 jugadores en el espacio, en el terreno de juego. El terreno de juego,-que puede variar y mucho reglamentariamente-, pero que en los campos de primer nivel está en los 6.500-7.100 metros cuadrados. En el Bernabéu o en el Camp Nou, que ambos tienen las mismas dimensiones (68×105 metros), se podría parcelar 89 apartamentos de 80 metros cuadrados. Parece un espacio bastante amplio, como para obligar a un equipo a tener que organizarse. El sistema tiene que satisfacer necesariamente una premisa; cubrir de manera racional el mayor espacio posible. Como además hemos convenido a que existen, al menos, cuatro líneas (portería, defensa, media y delantera), la manera más académica de distribuir racionalmente a los jugadores es haciendo referencia a cuántos de ellos han de estar en una u otra línea, portero al margen claro está.

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Esa “foto” sirve para las previas de los partidos, para simplificar conceptos y llevarlos al consumo mediático y para ser el punto de apoyo de lo importante, que en mi opinión es lo dinámico. Y lo dinámico no es otra cosa que las consignas específicas que un equipo recibe para pasar a la dimensión espacio-tiempo. Ya está el balón en juego. Ya hay que adecuarse a la posición del mismo, a la posesión o no del mismo. Debemos trasladar al equipo una idea de qué hacer cuando la tenemos (fase ofensiva), de qué hacemos si no la tenemos (fase defensiva) y qué hacer cuando se da una transición de tenerla a perderla o de no tenerla y recuperarla (transición ataque-defensa y transición defensa-ataque). Esas consignas, que hemos llamado comportamiento táctico, juego colectivo, incluso estilo de juego o modelo de juego, ya puestos a mezclarlo todo y liar al personal a nivel terminológico.

Se trata pues de, más que saber qué sistema de juego ha escogido un equipo,-propuesta estática-, saber qué comportamiento va a mostrar ese equipo cuando el balón esté en juego, -propuesta dinámica-.

Se podría aceptar que una y otra tienen relación. Claro está que no se puede hacer abstracción de la distribución estática, por la sencilla razón de que le vamos a asignar un comportamiento concreto a un jugador que ocupa una parcela concreta del campo, pero lo sustantivo es lo que le pedimos al jugador, mucho más de en qué zona vaya a estar previsiblemente. Que el Barça sea muy ofensivo no lo da solamente que su propuesta sea un 1-4-3-3, que también, sino que desea tener el balón el mayor tiempo posible, por tanto estar en fase ofensiva, que sus laterales sean profundos, que no duden sus centrales en conducir hasta encontrar oposición para dividir y saltar líneas de presión o que los dos interiores lleguen al área con mucha frecuencia.  En cambio el Celta, el Villarreal, incluso el Real Madrid, con esquemas idénticos, no ofrecen la misma propuesta. Como siempre, las cualidades individuales de los jugadores son determinantes. Y la propuesta dinámica, lo más importante.

Formación de formadores vs formación de entrenadores

Archivo 19-6-15 10 22 13La imagen de portada de esta entrada, corresponde a una noticia de la edición de La Vanguardia de Barcelona del 24 de julio de 1922. Casi cien años nos contemplan. En ella se detallaba el contenido del curso de entrenadores de la Federación Alemana de Fútbol (DFU). Claro está que, desde aquel tiempo, la formación de los entrenadores ha ido evolucionando.

Hoy, en nuestro entorno, coexisten diversos modelos de formación. Por una parte, para aquellos que han sido jugadores profesionales, la RFEF ofrece una formación “ad hoc”, consistente en tres periodos de pocas semanas, equivalentes cada uno de ellos a un curso por nivel. El resultado es que, en menos de un año académico, nuestros ilustres colegas tienen en su bolsillo el título de entrenador nacional, con la capacitación profesional legal para dirigir cualquier equipo de cualquier categoría, en cualquier país UEFA, con la virtualidad de poder hacerlo en cualquier parte del mundo.

Para aquellos que no han destacado en la práctica activa del noble oficio de dar patadas a un balón, en España tenemos dos modelos de formación, que para no iniciados vamos a denominar “académico” y “federativo”. El primero se compone de cuatro bloques formativos; bloque común, bloque específico, bloque complementario y bloque de formación práctica. Todo ello coronado con un proyecto de grado, antes de finalizar el tercer nivel, que capacita para entrenar en cualquier categoría de nuestro deporte. La formación académica habilita, con la consecución del Grado Superior en Deporte, especialidad fútbol, para dar clases, -a otros entrenadores, por ejemplo-, aunque este último extremo se ha visto modificado por una reciente orden ministerial, que obliga a los docentes a culminar con éxito una nueva titulación, la de Formación Pedagógica y Didáctica, también llamada CAP. La convalidación por parte de la RFEF, otorga el título de entrenador nacional y hasta la temporada pasada, conlleva la licencia UEFA PRO, para aquellos que vayan a desarrollar su trabajo en países UEFA. Este último extremo está siendo combatido por algunas entidades que entienden que no se pueden contravenir preceptos legales de ámbito superior, como los acuerdos de Schengen, que regula la libertad de tránsito. Ya hablaremos de este tema con más detalle en otra ocasión.

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La otra posibilidad para formarse como entrenador en nuestro país, es acudir a la federación de fútbol de cada territorio y seguir los cursos, presenciales, “on-line” (a distancia) o intensivos que se van ofertando. Tras superar los diferentes niveles, empezando como monitor, pasando por entrenador de base o de nivel I (que habilita hasta categoría juvenil de liga nacional), entrenador regional o de nivel II (que, en el caso de Cataluña, permite entrenar hasta primera catalana) y acabando con el entrenador nacional o de nivel III, que concede la licencia para entrenar hasta en categorías profesionales.

El trámite formativo para este amplio colectivo de personas que desean ejercer su profesión, sin haber sido jugadores profesionales previamente, ha estado sujeto a innumerables cambios, reformas, aluviones normativos de todo género, pero, a fuer de ser sinceros, ha ido perfeccionando un sistema de mejora continua, con aciertos y errores pero con una mejora sustantiva incuestionable.

Quizás la reflexión que deberíamos hacer como colectivo es que, ya que la inmensa mayoría de banquillos de nivel profesional van a estar ocupados, -como lo están ya-, por ex-jugadores y, como consecuencia de ello, la inmensa mayoría de titulados vamos a ejercer nuestro trabajo en categorías modestas, de rango superior en segunda b o tercera con mucha suerte, con problemáticas radicalmente distintas a las del nivel top de nuestro deporte, quizás sería conveniente una revisión en profundidad del plan de estudios. Para aquellos que vayan a desarrollar su función en el llamado “fútbol base” o “fútbol formativo”, mi opinión es que deberíamos favorecer otro tipo de formación, más cercano a la formación de los Maestros en Educación Física (MEF). No veo qué diferencia, en términos de responsabilidad, de transmisión de valores, de comportamiento pedagógico, deba tener un maestro de primaria y un entrenador de alevines. No la veo y no la debería haber. Salvo que queramos “jugar a ser Guardiola” con niños de Monistrol de Calders, de Can Parellada o de Puerto Malagueño, por poner tres ejemplos, cercanos a mí en lo anímico.

Si nosotros no prestigiamos nuestra profesión, no esperemos que nadie venga a hacerlo.

El fútbol es de los jugadores

Archivo 18-6-15 0 23 19El fútbol pertenece a los jugadores. En el inicio no existían ni entrenador, ni árbitro. Hoy puede parecer una locura, pero era así. La figura del capitán, un gentleman entre gentlemen, era suficiente para poner orden. Lamentablemente ya desde el inicio se hizo evidente que las pulsaciones altas están en contra de la caballerosidad y los tumultos entre jugadores hizo necesaria la figura de un elemento neutral, el referee. Más tarde, poco más tarde, algunos jugadores que comprendieron que este deporte es muy exigente en términos físicos, empezaron a dar instrucciones a sus compañeros. Primero desde dentro del terreno de juego, después desde un metro fuera de él. Los primeros entrenadores, ya desde los albores del juego, eran personas interesadas en hacer de sus pupilos jugadores más diestros, más resistentes al esfuerzo, más organizados.

Igual que hace 150 años, hoy los entrenadores son, -somos-, “jugadores que no pueden jugar”. Somos personas que amamos el juego del fútbol, su estética, sus valores, la pasión que destila. Nuestra aportación es la de preparar, ordenar, instruir. Con suerte, ayudar a nuestros jugadores en su desempeño. Pero los importantes son ellos.

Una vez el balón rueda, los protagonistas son ellos. Los que toman decisiones son ellos. Los que aciertan, los que fallan, los que inventan, los que llevan a la gloria a su entrenador o lo envian a la cola del paro. Una vez la pizarra se desordena, cuando todo parece que se vuelve caos, los que orientan el juego, los que bajan el balón y lo tocan al compañero libre de marca, los que progresan por banda y centran al segundo palo, son ellos. Y uno de ellos, cualquiera, es el que remata a puerta y consigue gol. Un jugador.

Como entrenador veterano, -aunque joven de espíritu-, me atrevo a recomendar a mis jóvenes colegas que moderen sus ínfulas, que hagan voto de humildad, que pongan proa a la prudencia. En fútbol, los importantes son los jugadores. Sin ningún género de duda.

¿Te gusta el deporte de riesgo?, hazte entrenador de fútbol.

En estos días de movimientos de banquillos, una reflexión me persigue al leer la prensa y ver las novedades en el mercado de entrenadores. Cada día es más complicado esto de ser entrenador. Hay compañeros que no han renovado, habiendo hecho buenas campañas y cubriendo el objetivo deportivo. Los hay que, tras su presentación y estar dos días entrenando, -literalmente, dos días!!!-, tienen que pasar la reválida de ser confirmados en reunión extraordinaria de la junta directiva, tras el motín de una parte imporatante de la plantilla. También me informan del caso, cada vez más extendido de compañeros que firman hoy y cuentan con una serie de jugadores, que el club le garantiza que continuarán y que en menos de una semana piden la baja, uno tras otro, por las ofertas de renovación que les proponen, en algunos casos de hasta el 40% de la ficha del año pasado.Sin contar con el entrenador entrante, por supuesto.

Entrenadores todos ellos que, sin excepción, la afición,  la prensa local y el propio club, le van a exigir resultados desde el minuto uno. Entrenadores que dedicarán una parte muy importante de su tiempo a su pasión, por que sólo desde la pasión se puede entender los sacrificios de todo tipo que debemos hacer.  

Hoy no hablaré de otros problemas que tenemos como colectivo; los incumplimientos de contrato, el vacío legal que regula en la práctica nuestra actividad, el intrusismo laboral, los contínuos vaivenes de nuestra formación o la falta de protección colegial que padecemos. Tiempo habrá para incidir, uno por uno, en cada problema.

Ahora sólo constato que, mucho más arriesgado que bajar ríos de aguas bravas, más que escalar una pared en Montserrat y mucho más que hacer puenting, ser entrenador es un actividad de riesgo. De mucho riesgo.

Balones y valores

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Lo más sustantivo, lo más importante y lo más trascendente del fútbol no está a la vista. Generalmente no ocupa portadas. En ocasiones, pocas, se incluye algún artículo suelto en páginas interiores, casi como relleno de semanas de poca tensión competitiva en la élite. No aparece en los grandes estadios, cada vez más lujosos, más espectaculares, más construidos pensando en el espectáculo mediático que es el fútbol profesional. Lo más elevado, en lo pedagógico y en lo cultural, no está en una jugada memorable, en un gol por la escuadra, ni en una polémica que dura días, quizás semanas. No es el recuento enfermizo de títulos, ni la consecución de campeonatos.

Lo más importante son las ilusiones de millones de niños y niñas en todo el mundo. Ese es nuestro capital, nuestro tesoro y la razón última de que seamos muy vigilantes y muy exigentes en lo que les ofrecemos todos aquellos que formamos parte del fútbol.

En la actualidad, la práctica del deporte está institucionalizada. Se favorece, se estimula, se invierte en instalaciones, en formación de entrenadores, en competiciones. En el fútbol y en muchos otros deportes. Además de ello, la oferta de ocio es muy rica; se puede hacer teatro, danza, actividades plásticas de todo tipo. Las niñas y niños occidentales tienen ante sí una amplia oferta de aficiones y actividades para tomar su primera decisión importante en la vida; ¿Qué hago al salir del cole?, ¿Qué deporte practico?, Quiero jugar a fútbol. Es la primera decisión importante que toma, por que ni ha escogido la familia ni puede decidir si va al colegio o no, ya que la escolarización está impuesta por los usos sociales.

Cuando el niño o la niña llega al fútbol debemos ofrecerle un entorno en el que se puedan desarrollar sus aptitudes. Claro que debemos trabajar en sus fundamentos técnicos y coordinativos. Por supuesto que debemos ayudarle a entender el juego, trabajando en su construcción cognitiva, a medida que va avanzando en su propia madurez mental. Es adecuado y sano, exigible incluso, que le dotemos de hábitos físicos que le acompañen a lo largo de su vida, más allá de que consiga destacar o no, de que siga practicando nuestro deporte u otro.

Pero la parte más importante sigue sin mostrarse. Ni se evalúa, ni se mide. No hay clasificaciones de integración ni campeonatos de solidaridad. No hay ligas de respeto, ni de cooperación con los demás. No existe un trofeo al jugador o jugadora que más ayuda a sus compañeros. Creemos que les enseñamos a jugar, cuando jugar forma parte de su concepción de la vida, cuando en realidad les estamos enseñando a competir. Competir para destacar, para ganar, para ser reconocidos y muy especialmente, para calmar ese monstruo interno, tan difícil de conformar, llamado ego. Si, ego de entrenador, ego de coordinadorego de presidente, ego de directivo.

El fútbol debe cambiar. Hay muchas cosas por mejorar, desde abajo. Hay que ser valientes, atrevidos, innovar en los usos y costumbres. Debemos erradicar la violencia, cualquier expresión de violencia. Debemos mejorar la formación humana de los formadores. Sin olvidar la técnica, claro está, pero la humana por delante. Debemos ofrecer una oferta imbatible; ven a pasarlo bien, a ser feliz, a conocer a chicos y chicas que no son tus compañeros del cole. Ven a hacer sonreír a tu mamá y a tu papá, cada vez que juegues un partido. Se lo pasarán bien, como tu. Ven a aprender solidaridad, esfuerzo, trabajo en equipo, respeto y empatía por tus compañeros y por tus rivales. Ven al fútbol. No hay nada mejor.

El ascensor social

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Algunos, que se autodeclaran progresistas, están en contra del fútbol. Lo desprecian. Para ello se basan, especialmente, en las escandalosas cifras que se mueven en él; traspasos millonarios, salarios no menos millonarios, ingresos atípicos, publicidad, contratos mareantes. Siempre se refieren a un puñado de figuras de talla mundial; Messi, Cristiano, Neymar, Bale…, y unos pocos más. Las “starlets” del negocio. Las máquinas de hacer dinero, además de goles. Generadores de audiencias igual de millonarias en todo el planeta.

Olvidan que el fútbol es la historia de éxito social más importante que hemos conocido en los últimos siglos. En el s.XIX, tan sólo las élites practicaban deporte. El deporte se asociaba a la educación de los líderes, de las clases acomodadas, en el marco de una sociedad muy polarizada, sin clase media prácticamente. Los ricos iban a los colegios, a los casinos o a los burdeles. Los pobres a trabajar. La ley del descanso dominical llegó a España en 1902. Hasta entonces, lo más frecuente era trabajar de lunes a lunes, y hacerlo doce, catorce, dieciséis horas. La llegada de los deportes, la llegada en concreto del fútbol tuvo una acogida inmediata y de los patios de los colegios de la parte alta de la ciudad, en el caso de Barcelona, pasó a las amplias esquinas del Eixample. Un balón, un espacio amplio, dos porterías y muchos críos imitando a los incipientes equipos que se iban formando. Las “partidas”,-que así de denominaban-, proliferaban por doquier y muy pronto hizo falta ampliar los equipos con jóvenes de menos nivel económico. Durante las primeras décadas del s.XX, tras superar una breve crisis, la efervescencia del fútbol fue imparable. Los equipos competían, había torneos, ligas más o menos amplias. El fútbol salió de las ciudades más populosas y llegó hasta todos los rincones del país. Los jugadores suplían su falta de destreza con un entusiasmo a prueba de coyunturas. Y los más hábiles empezaron a ser incentivados para jugar en este o aquel equipo. El amateurismo “marrón” (por el color de los billetes), se adueñó de los usos y se convirtió en lo más habitual.

El paradigma de este ascensor social fue Ricardo Zamora. Protagonista de películas, estrella mediática de la época, figura de primer nivel, en lo deportivo y en lo social. Todo por ser portero de fútbol. Zamora no era hijo de un trabajador, sino de un médico, pero ejerció de movilizador de varias generaciones de jóvenes de su época, que vieron en él, como en Samitier, como en Paulino Alcántara, el pasaje a la fama, al dinero, al éxito. En una España pobre a rabiar, los jóvenes soñaban con ser toreros; “más cornadas da el hambre…!!!“, decían.

Hasta que empezaron a soñar en ser futbolistas.

Como yo lo vea

Eso pretende ser este blog. Mi visión. Mi opinión. En relación al fútbol, a las cosas que pasan, a las que pasaron una vez. Quizás opine incluso de las que creo que pueden pasar. Mi opinión y la de nadie más. Sin limites, más allá de procurar no ofender a nadie. Sin complejos, sin compromisos. Cuando pueda, cuando quiera. Tú estás en las mismas condiciones; puedes leer mi opinión o pasar de ella. Incluso puedes opinar sobre lo que yo opino. En ese caso estableceremos un debate. Sólo te pido que intentes ser igual de respetuoso como yo lo voy a ser. De no ser así, no nos podremos entender. Si muestras respeto no habrá problema.

En el fútbol, y en la vida, cada uno tiene una opinión. Igual que tiene un culo.