El ascensor social

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Algunos, que se autodeclaran progresistas, están en contra del fútbol. Lo desprecian. Para ello se basan, especialmente, en las escandalosas cifras que se mueven en él; traspasos millonarios, salarios no menos millonarios, ingresos atípicos, publicidad, contratos mareantes. Siempre se refieren a un puñado de figuras de talla mundial; Messi, Cristiano, Neymar, Bale…, y unos pocos más. Las “starlets” del negocio. Las máquinas de hacer dinero, además de goles. Generadores de audiencias igual de millonarias en todo el planeta.

Olvidan que el fútbol es la historia de éxito social más importante que hemos conocido en los últimos siglos. En el s.XIX, tan sólo las élites practicaban deporte. El deporte se asociaba a la educación de los líderes, de las clases acomodadas, en el marco de una sociedad muy polarizada, sin clase media prácticamente. Los ricos iban a los colegios, a los casinos o a los burdeles. Los pobres a trabajar. La ley del descanso dominical llegó a España en 1902. Hasta entonces, lo más frecuente era trabajar de lunes a lunes, y hacerlo doce, catorce, dieciséis horas. La llegada de los deportes, la llegada en concreto del fútbol tuvo una acogida inmediata y de los patios de los colegios de la parte alta de la ciudad, en el caso de Barcelona, pasó a las amplias esquinas del Eixample. Un balón, un espacio amplio, dos porterías y muchos críos imitando a los incipientes equipos que se iban formando. Las “partidas”,-que así de denominaban-, proliferaban por doquier y muy pronto hizo falta ampliar los equipos con jóvenes de menos nivel económico. Durante las primeras décadas del s.XX, tras superar una breve crisis, la efervescencia del fútbol fue imparable. Los equipos competían, había torneos, ligas más o menos amplias. El fútbol salió de las ciudades más populosas y llegó hasta todos los rincones del país. Los jugadores suplían su falta de destreza con un entusiasmo a prueba de coyunturas. Y los más hábiles empezaron a ser incentivados para jugar en este o aquel equipo. El amateurismo “marrón” (por el color de los billetes), se adueñó de los usos y se convirtió en lo más habitual.

El paradigma de este ascensor social fue Ricardo Zamora. Protagonista de películas, estrella mediática de la época, figura de primer nivel, en lo deportivo y en lo social. Todo por ser portero de fútbol. Zamora no era hijo de un trabajador, sino de un médico, pero ejerció de movilizador de varias generaciones de jóvenes de su época, que vieron en él, como en Samitier, como en Paulino Alcántara, el pasaje a la fama, al dinero, al éxito. En una España pobre a rabiar, los jóvenes soñaban con ser toreros; “más cornadas da el hambre…!!!“, decían.

Hasta que empezaron a soñar en ser futbolistas.

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